¿Seguir creyendo en la Iglesia?
BREVE ENSAYO: LA IGLESIA Y LOS ESCÁNDALOS
Los escándalos y la Iglesia
1. Al tomar conocimiento de las noticias sobre algún escándalo cometido por miembros de la Iglesia contra otros miembros de la Iglesia tengo una primera reacción: dolor. Sí, el mismo dolor que experimenta una persona al ver el daño infringido por un miembro de su familia a otro integrante de ella. Esa misma angustia visceral que me lleva a conmoverme por la víctima, y también por el victimario. En ocasiones, tengo que ser sincero, despotrico contra quienes protagonizan dichos escándalos, y sin querer, me convierto a mí mismo en el juez que pretende poner las cosas en su lugar. Muchos como yo, dentro y fuera de la Iglesia, tienden a hacer lo mismo: señalan con el dedo a los demás y se enaltecen a sí mismos. Pero el Señor nos muestra el peligro de dicha posición en la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14) o cuando apela “No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados” (Lc 6, 37). Es el mismo Señor que nos insta a no levantar el dedo acusador.
2. Pero juzguemos o no, es imposible permanecer indiferentes. Los malos testimonios dan más argumentos a aquellos que abandonaron la Iglesia para permanecer fuera de ella; y a quienes están tibios en su fe los motiva a dar vuelta la espalda o los termina enfriando por completo. Podemos agregar el comportamiento que muchos hermanos tienen en las redes sociales, donde despliegan improperios contra otros hermanos, contra obispos o contra el mismo Papa, la mayoría de las veces injustificados o desproporcionados… En medio de esta confusión he llegado a preguntarme: ¿debo seguir creyendo en la Iglesia…? ¿Por qué creo en ella?
3. Lo primero que se me viene a la mente es esta posible contestación: Creo en la Iglesia porque creo en la Palabra de Dios. Simple y breve. Pero esa respuesta no contenta a ningún espíritu inquieto. El mínimo impulso me lleva a tomar la Palabra de Dios y escudriñar qué dice ella sobre la Iglesia… Y sus escándalos.
El comienzo de la Iglesia
4. Cuando Jesús pregunta a sus discípulos qué decía la gente sobre Él, fue Simón Pedro el que tomó la palabra y lo reconoció como el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 13-20). Ante esto, Jesús se dirige a Simón y le dice: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» En este pasaje del Evangelio vemos el momento en que Jesús funda su Iglesia, y lo hace claramente sobre la base de uno de sus apóstoles, reconociendo la primacía de Simón (Mc 3,16). También sabemos que en el lenguaje bíblico el Señor cambia de nombre a las personas al darles una misión. Y a su vez, dota a Pedro de autoridad al darle la “llave del reino de los cielos”. Y esa autoridad no finaliza con la muerte de Pedro, ya que la “entrega de las llaves” hace referencia a una sucesión en la administración, tal como puede verse en la figura de la Casa de David (Is 22,22). La autoridad que Jesús da a Pedro y sus sucesores implica un servicio al Pueblo de Dios, y el mismo Jesús lo hace evidente al decir tres veces a Pedro: «Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» (Jn 21, 15-17). En otra ocasión, llegada la hora de la pasión, Jesús les confía estas palabras (Lc 22, 29-32): «Por eso les doy autoridad como mi Padre me la dio a mí haciéndome rey. Ustedes comerán y beberán a mi mesa en mi Reino, y se sentarán en tronos para gobernar a las doce tribus de Israel. ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.»" Jesús no dice que Pedro estará a salvo de las acechanzas del demonio… Le advierte que será una contienda permanente.
La Iglesia en el Mundo y las tempestades
5. Hay varias figuras bíblicas que muestran de qué forma la Iglesia navega en las aguas de este mundo. Una de las más recordadas es la de la figura de la barca. Esa barca que a veces debe atravesar tempestades y que si la fe de sus tripulantes flaquea hará tambalear sus estructuras, y por momentos parecerá que es inevitable el naufragio. ¡Cuántas veces ha pasado esto en dos mil años! Pero el Señor, dormido o en apariencia dormido, no nos abandona: acude a nosotros y calma los vientos, no sin antes reprochar nuestra falta de fe (Mt 8, 25-26). Hay una certeza: tendremos que atravesar tempestades, sí. Pero la promesa del Señor es firme (Mt 28, 19-20): «…Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» Esa es la promesa de Jesús: estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Así ha sido desde el comienzo, hace dos mil años hasta hoy, y será así hasta la culminación de los tiempos... ¿Alguien lo podría poner en duda?
6. En la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) Jesús muestra otra figura del Reino de los Cielos: «[…] El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" Él les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?". Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."» Esa parábola nos muestra claramente una figura del mundo y una figura de la Iglesia: un campo con buena semilla, pero también con mala hierba. Una mala hierba sembrada por el enemigo. Esa mala hierba puede estar entre nosotros, y no deberíamos sorprendernos. Pero no nos olvidemos que esa mala hierba también puede estar en nuestro propio corazón. Nuestro corazón humano puede ser campo fértil para la buena semilla, pero también puede dar cobijo a la mala hierba. Y así podrán crecer juntos hasta la ciega final. El Señor, en su infinita sabiduría nos lo advierte. La Palabra de Dios, viva y eficaz, no muestra que la Iglesia nunca estará libre de dificultades. NUNCA.
Los primeros discípulos también flaquearon
7. Muchas veces he escuchado decir que la Iglesia se ha pervertido, y que presbíteros y obispos no siguen el ejemplo de los primeros discípulos de Jesús. Y aquí viene nuevamente la Palabra del Señor para señalarnos el error. Los apóstoles de ayer, como los de hoy, fueron hombres frágiles que de vez en cuando erraban el camino.
8. Los primeros apóstoles comieron y bebieron con el Señor. Presenciaron sus milagros y curaciones. Escucharon de viva voz sus enseñanzas. Vieron cumplirse todas las profecías en la vida del Señor. Fueron testigos privilegiados del Rey de reyes, Señor de señores. Y aun así… ¡también fallaron!
• El Evangelio nos muestra a un Simón que negó a su amigo y maestro tres veces (Mt 26, 69-75);
• a un Felipe que le pide “pruebas” a Jesús para que le muestre al Padre (Jn 14, 8-10);
• A Santiago y Juan, en persecución de los primeros puestos (Mc 10, 32-45);
• A Tomás que, no creyendo en la promesa de Jesús, pone en duda la veracidad de su Resurrección (Jn 20, 24-25);
• Judas Iscariote, que no sólo traiciona al Señor por unas monedas (Mc 14, 43-46), sino que luego se quita su propia vida (Mt 27, 5).
9. Y en muchos pasajes de la Escritura vemos que los primeros cristianos también eran hombres frágiles. Pablo, en la carta a los Efesios pide a cristianos que se comporten como hijos de la luz (Ef 5, 1-9). También, los exhorta a despojarse del hombre viejo y de sus vicios (Col 3, 5-9). En otra de sus cartas, Pablo les previene de los factores de perdición si se muestran prestos a los deseos de la carne (Gal 5, 14-19). En su epístola a los Romanos, Pablo hace dura referencia a la cólera de Dios contra quienes no practican la justicia y los que caen presos de sus pasiones invertidas (Rom 1, 21-31). Incluso el mismo Pablo confronta a Pedro para reprocharle su conducta como hombre frágil (Gal 2, 11-21).
Tiene que haber escándalos… Y falsos profetas
10. La Escritura enseña que habrá escándalos. Prácticamente declara que será inevitable. Pero ¡ay por quien los provoca! Leemos (Lc 17, 1-6) lo siguiente: «Es inevitable que sucedan escándalos; pero ¡ay del que los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: "Lo siento", lo perdonarás.» Los apóstoles le pidieron al Señor: «Auméntanos la fe.» Y precisamente es la fe la gran ausente cuando las malas hierbas del pecado sobrepujan a los tallos verdes del Evangelio.
11. En otro pasaje (Mt 7, 15-23) Jesús advierte que vendrán lobos vestidos de ovejas. Y esta simbología tan conocida se aplica a muchos de los hijos de la Iglesia a lo largo de sus veinte siglos. Jesús no profetiza que la Iglesia se corromperá; sí soslaya que algunos de sus hijos podrán travestirse y engañar, y que por sus frutos habrán de revelarse. Pero aquella otra profecía no perderá validez: “… las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.”
12. En el mundo de hoy, muchos hermanos pierden su camino por culpa del pecado… Pero nunca deberíamos confundir el acto simple de pecado con la corrupción. Quien peca, equivoca su camino hacia el Señor. Pero el corrupto lo hace en forma consciente, sistemáticamente y solo se preocupa por las apariencias, sin remorderse en su propia conciencia. Jesús, a los corruptos no los llamaba pecadores; más bien les llamaba “hipócritas”. El papa Francisco hizo esta distinción importantísima, entre pecar y escandalizar: “[…] el pecador se reconoce como tal, y por eso recibe el perdón de Dios todas las veces que lo necesite. Sin límites. En cambio, el hipócrita se finge justo y, con eso provoca escándalo. En el evangelio según San Mateo, Jesús dice (Mt 23, 27): "¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y de toda clase de podredumbre."
La Iglesia, un solo cuerpo
13. San Pablo nos enseña una preciosa analogía de la Iglesia, como cuerpo místico de Cristo (1 Cor 12, 12-14). El “Corpus Mysticum” es otra analogía de la Iglesia Universal fundada por Jesús. La Iglesia es, por tanto, un solo cuerpo unido a Cristo, su cabeza. Todo fue creado por Él y para Él, siendo Jesús la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación; y de nuevo decimos, Cristo es la cabeza de la Iglesia (Col 1, 15-20). Pero ese Cuerpo Místico no solo es conformado por quienes aún caminamos por esta tierra. También es formado por aquellos que ya están en presencia de Dios y que, glorificados con Cristo, siguen orando ante Él (Fil 1, 23; Apo 20, 4). Y también está formada por aquellos miembros que aún necesitan purificarse para acceder a la presencia de Dios (2 Mac 12, 46). La manifestación más plena de la unidad encuentra su grado sumo en la Eucaristía, en la Comunión (común-unión).
La falacia de la composición
14. Cuidado cuando hacemos afirmaciones generalizadoras… En Economía es muy frecuente escuchar sobre la “falacia de la composición”. ¿A qué se refiere la misma? Consiste en inferir que algo es verdadero acerca de un todo tan solo porque es así acerca de uno de los componentes. Por ejemplo, estaríamos diciendo una falacia de la composición al afirmar lo siguiente: “en Argentina, muchos empleadores contratan trabajadores en negro, por lo tanto, Argentina es un país completamente compuesto de trabajadores informales”. En el caso que nos ocupa, si algún miembro de la Iglesia extravía su camino no podríamos afirmar que toda la Iglesia es corrupta o pecadora. Desde la lógica humana, estaríamos diciendo una falacia. Y desde la lógica de la Palabra de Dios, estaríamos diciendo que el cuerpo místico de Cristo es pecador (Rom 12, 4-5).
El deseo del Señor: “que todos sean UNO”
15. En su hora postrera, el Señor rogó a su padre que conserváramos la unidad (Jn 17, 5-21). «Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. […] Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.»
16. Pero no siempre hemos conservado la unidad. Si todos tuviéramos el mismo espíritu, no habría tanta diversidad de doctrinas: algunos hermanos alejados sostienen que hay que observar el sábado, otros el domingo; algunos sostienen que María fue siempre virgen, otros la declaran impura y ramera; algunos pregonan la obligatoriedad del diezmo, otros lo desconocen; algunos niegan la condición divina de Jesús, otros la afirman; algunos sostienen que solo se puede bautizar en nombre de Jesús, otros reconocen que se puede hacer en nombre de la Santa Trinidad; algunos consideran que para ser salvo solo se necesita la fe, otros contradicen a aquellos, y tanto más…
17. La necesidad de unidad se hace palpable a lo largo de la historia. Si cada uno se proclama dueño de “su” verdad y declara tener la asistencia del Espíritu Santo para interpretar las Escrituras podríamos tener tantas verdades como cristianos hay en el mundo. Pedro advierte en su epístola (2 Pe 1, 20-21): “Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios." Y el apóstol Pablo declara que es la Iglesia el fundamento de la Verdad al decir (1 Tim 3, 14-15): "Te escribo estas cosas con la esperanza de ir pronto donde ti; pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad."
18. Ahora bien ¿puede los papas, desde su cátedra, profetizar o anunciar la Palabra de Dios siendo pecadores? Sí, porque al hablar o expresarse no lo hacen por sí mismos, sino por la cátedra que ocupan (Mt 23, 1-3): «Entonces Jesús habló tanto para el pueblo como para sus discípulos: “Los maestros de la Ley y los fariseos han ocupado el puesto que dejó Moisés. Hagan y cumplan todo lo que ellos dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican”.» Y en su Evangelio, San Juan comenta (Jn 11, 49-51): «Entonces habló uno de ellos, Caifás, que era el sumo sacerdote aquel año, y dijo: “Ustedes no entienden nada. No se dan cuenta de que es mejor que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación.” Estas palabras de Caifás no venían de sí mismo, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, profetizó en aquel momento.» Ahora bien, fuera de la cátedra, cuando no hablan impartiendo doctrina o moral en forma oficial, actuando en ámbitos reducidos o privados ¿son infalibles? No, son personas que como cualquier otra pueden equivocarse. Recordemos que incluso el mismo Pablo reprendió por su conducta a Pedro (Gal 2, 11-21).
19. Por otro lado ¿Cómo podríamos afirmar que la Biblia es Palabra de Dios? ¿Quién lo estableció así? Fue en el siglo IV que la Iglesia, bajo el pontificado de Dámaso I y reunida en concilio, definió qué escritos formarían parte del canon bíblico y cuáles serían desestimados, invocando la asistencia del Espíritu Santo. Es así, que algunos escritos como el Evangelio de Tomás, el de Judas, etcétera, quedaron fuera de las Sagradas Escrituras y otros fueron confirmados dentro de las mismas, como los libros deuterocanónicos, por ejemplo. Si yo afirmo que un texto es Palabra de Dios es porque la Iglesia, con su autoridad delegada por Jesucristo y con la asistencia del Espíritu Santo, afirmó que así fuera. Esto permaneció así, hasta que 1500 años después, algunos hermanos decidieran que parte de la biblia fuera mutilada y se eliminaran algunos libros (1).
Ve Francisco, y repara mi casa que languidece
20. A lo largo de su rica historia, la Iglesia ha atravesado duros momentos de confusión. Pero por gracia de Dios, siempre vienen hombres y mujeres santos que insuflan una bocanada fresca de Evangelio sobre la Casa de Dios. Fue a principios del siglo XIII que un hombrecito de Asís, Italia, decidió consagrar su vida al Señor. Una conocidísima historia cuenta que Francisco se encontraba cerca de una vieja iglesia abandonada cuando oyó una voz que le decía: “VADE FRANCISCE, REPARA DOMUM MEAN, QUEA LABITUR”, que significa: “Ve Francisco, y repara mi casa que languidece”. De inmediato, Francisco se dispuso a reparar ese viejo templo, piedra sobre piedra y a darle un nuevo semblante. Sin embargo, luego descubrió que el Señor se había referido a la Iglesia Universal; esa era la que estaba languideciendo. El pobrecito de Asís, sin títulos, sin honores, ni siendo sacerdote o religioso, se dispuso a peregrinar a Roma y predicar al mismísimo papa de aquel entonces. Frente a la estupefacción de la curia romana, el sumo pontífice reconoce en Francisco un hombre de fe pura y verdadera, y otorga su bendición a la nueva orden de los franciscanos. Francisco estaba reparando la Casa del Señor, como pocas veces se había hecho en la historia.
21. Ante tantos embates y dificultades, desde afuera y dentro de la Iglesia, los católicos debiéramos escuchar lo que el Señor nos manda. Posiblemente, en el mundo de hoy, resuenen las mismas palabras que oyó Francisco hace ocho siglos. ¿Deberíamos acaso fundar una nueva congregación religiosa, a la manera de los franciscanos? Nada de eso. En la epístola de Santiago, la Palabra de Dios dice (Sant 5, 7-20): «[…] Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la Venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser juzgados; mirad que el Juez está ya a las puertas. Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor. Mirad cómo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Habéis oído la paciencia de Job en el sufrimiento y sabéis el final que el Señor le dio; porque el Señor es compasivo y misericordioso. Ante todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Que vuestro sí sea sí, y el no, no; para no incurrir en juicio. ¿Sufre alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno alegre? Que cante salmos. ¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder. Elías era un hombre de igual condición que nosotros; oró insistentemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después oró de nuevo y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto. Si alguno de vosotros, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados.»
Palabras finales
22. Me dispuse a escribir este ensayo primeramente para mí mismo: necesitaba expresar con palabras el dolor que me infieren los hechos cometidos por algunos hermanos contra otros hermanos. Y también, cuando yo mismo soy piedra de tropiezo para otros. Pero también quise dirigir estas palabras para mis propios hermanos en la fe, aquellos que, como yo, se ven afligidos por el peso del pecado o del error, del propio y del ajeno. En el punto número 3 de este humilde ensayo decía: “Creo en la Iglesia porque creo en la Palabra de Dios.” Pero para mi propia sorpresa, luego de escribir este texto, he llegado a la conclusión de que en realidad debiera decir: “Creo en Palabra de Dios porque creo en la Iglesia.”
23. Hermano mío que lees estas líneas, como simple laico quise compartir estas palabras para que no nos olvidemos de las promesas de Jesús; para que no vacilemos en orar por nuestros hermanos en la fe, y en especial por quienes han consagrado su vida al servicio del Evangelio, los sacerdotes, religiosas, diáconos obispos y por el mismo sucesor de Pedro. Para que el Señor fortalezca a las víctimas del pecado y repare los corazones de quienes han sufrido por el pecado de otros. Oremos para que el Señor extirpe la corrupción que se enquista en nuestras comunidades. ¡Cuánto daño infringido que debe ser reparado! ¡Cuánto hay que trabajar para reparar nuestros pecados! ¡Cuánto hay que orar para acceder a la gracia de Dios!
24. En el principio de los tiempos, una MUJER habló y creyó a un ángel (alejado de Dios). Y porque ella creyó a ese ángel, el pecado entró al MUNDO. Pero por designio de Dios, otra MUJER también habló y creyó a otro ángel (enviado por Dios), y luego de su SÍ, la SALVACIÓN llegó al mundo. Confiemos en esa MUJER, la mamá del Salvador y Madre Nuestra, ya que ora y reza como parte de la Iglesia con y por nosotros (Hec 1, 14), y para que ella interceda por nosotros, como lo hizo en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), recordando sus palabras: “Hagan todo lo que Él les diga”. Que así sea.
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(1) En relación a los libros deuterocanónicos, podríamos afirmar que ni Calvino ni Martín Lutero se animaron a eliminar de sus biblias estos textos. Es más, la famosa “biblia del Oso”, las biblias de Casiodoro de Reina y de Cipriano de Valera contenían esos libros. La primera biblia de Gutenberg también. Pero habiendo pasado casi trescientos años de la reforma protestante, un grupo de cristianos en Inglaterra decidió comenzar a imprimir biblias sin los libros deuterocanónicos. Y así se han difundido hasta nuestros días. De 73 libros solo quedaron 66. “Desde una perspectiva estrictamente histórica, a través de la historia, los deuterocanónicos han estado presentes en las Biblias de todas las facciones cristianas anteriores a la reforma protestante del Siglo XVI. También están presentes en todas las versiones bíblicas protestantes anteriores al año de 1826, y también en al menos algunas ediciones posteriores de esas mismas biblias. Además de las Biblias cristianas ortodoxas y católicas, actualmente se siguen incluyendo en las Biblias luteranas, anabaptistas, anglicanas y episcopalianas.”
Cf. con https://es.wikipedia.org/wiki/Deuterocan%C3%B3nicos#Realidad_hist%C3%B3rica
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